miércoles, 27 de julio de 2016

Revolución en el Río de la Plata

El Movimiento Juntista de 1808

Las causas inmediatas tienen una fuerte vinculación con sucesos europeos, concretamente las guerras napoleónicas. Durante ese período, el Antiguo Régimen entró en crisis; en el caso de América, la crisis en España fue determinante.
La invasión napoleónica a España provocó un profundo rechazo de los españoles. La presencia de las tropas francesas ocasionó tumultos y levantamientos que comenzaron en Madrid el 1 de mayo de 1808 y se extendieron rápidamente por toda España. La forma de enfrentarse a las tropas francesas fue a través de una guerra de guerrillas, tratando de desgastar los ejércitos enemigos que les sobre­pasaban en hombres y armas.
Igualmente rechazaron la abdicación de su rey, Fernando VII y la coronación del hermano de Bonaparte, José. Para los españoles, el único rey era Fernando VIl y como él no podía gobernar porque se encontraba prisionero de Napoleón en el sur de Francia, sus leales súbditos decidieron formar Juntas para encargarse del gobierno mientras durara la ausencia del Rey. Este movimiento espontá­neo, al comienzo, fue organizándose posteriormente. Las juntas regionales fueron sustituidas en se­tiembre por una Junta central, con sede en Sevilla.
Los españoles no consideraban válida la coronación de José I, ni la abdicación de Fernando VIl (quien había recibido la corona de su padre, Carlos IV). Sostenían que, en este caso, el poder volvía al pueblo para que lo ejerciera a través de Juntas de gobierno, hasta el regreso de Fernando, a quien llamaban “El Deseado”.
En América, la noticia de los sucesos españoles provocó una profunda conmoción. Aunque nadie tenía una idea muy clara de qué estaba pasando —piensa en la demora de las comunicaciones—, las noticias eran inquietantes. Salieron a relucir rivalidades regionales o entre sectores sociales.
A la confusión, se agregó la acción de la diplomacia portuguesa. El rey de Portugal, Juan VI, su esposa Carlota Joaquina y su corte se habían trasladado a Río de Janeiro a raíz de la invasión napoleónica. Desde allí, buscaron influir en los sucesos americanos, a través de Carlota Joaquina, her­mana de Fernando VIl.
También llegaban a las ciudades americanas enviados de las Juntas españolas, para que se forma­ran otras de carácter similar. En algunas ciudades se formaron Juntas, con la común característica de resaltar su fidelidad a la Corona y a España. Estas juntas, en México, Bogotá, Montevideo, Chuquisaca, La Paz o Quito, fueron por lo general presididas por las propias autoridades españolas locales.
En Montevideo se formó una Junta —el 21 de setiembre de 1808— como resultado de un conjunto de problemas locales, por ejemplo, la rivalidad con Buenos Aires. Fue el primer intento de un gobier­no por parte de los montevideanos, tanto españoles como criollos. Consideraron nula la destitución de Elío —gobernador de la ciudad— ordenada por el virrey Liniers (desde Buenos Aires y de origen francés). La Junta nombró al propio Elío presidente de la misma. La junta montevideana prolongó su existencia por varios meses, hasta que la Junta de Sevilla ordenó su disolución, poniendo fin a la primera experiencia de gobierno autónomo de Montevideo.

El Movimiento Juntista de 1810

Los confusos sucesos españoles generaron, en 1810, un nuevo movimiento juntista en América. En España la resistencia contra los franceses era menor y se había instalado un Consejo de Regencia en lugar de la Junta de Sevilla. La legalidad del Consejo de Regencia sería cuestionada. Estos graves sucesos agudizaron en América los conflictos entre criollos y autoridades españolas. Se formaron nuevas Juntas de gobierno en Caracas, Buenos Aires, Santiago de Chile, México, Bogotá, y no busca­ban, como en 1808 apoyar a las autoridades españolas, sino por el contrario, destituirlas.
En estas Juntas, la organización estuvo mayoritariamente en manos de los criollos, que encontra­ron así la oportunidad de autogobernarse. En algunos casos, destituyeron a las autoridades españo­las, en otros, las integraron a las Juntas. Desde esas nuevas autoridades, los criollos empezaron a in­fluir en aspectos económicos, comerciando libremente con los ingleses. Las Juntas declararon su fi­delidad a la Corona española pero, a los pocos meses, se transformaron en independentistas.


La lucha por la Independencia

A poco de instalarse las Juntas, en 1810, comenzaron las luchas contra los partidarios del régimen español, trayendo como consecuencia la radicalización de las posiciones. En 1811 se proclamó la independencia en Venezuela, seguida de actos similares en otros puntos de América.
Aquí es necesario aclarar si podemos definir estos movimientos como revolucionarios. Hay auto­res que prefieren hablar de guerras civiles: en ambos bandos encontramos a españoles y a criollos; contra ambos bandos están los indígenas o se mantienen al margen.
Los historiadores reconocen dos etapas. La primera de 1810 a 1814, en que la mayoría de los mo­vimientos, salvo el de Buenos Aires, fracasó. La segunda etapa, de 1816 a 1824, fue más radical y obtuvo resultados definitivos. La separación entre una y otra estuvo marcada por el regreso de Fernando VIl y el consiguiente absolutismo al trono español, después de la derrota napoleónica.
Estudiaremos las características más destacadas de las revoluciones hispanoamericanas y, más adelante, el proceso particular del Río de la Plata y la Banda Oriental.
 

La insurrección rural gana la Banda Oriental

El Reglamento de impuestos aprobado por la Junta de Comer­cio montevideana fue motivo de mayor malestar y a las medidas de carácter económico se sumó la leva impuestas por los coman­dantes militares a los “gauchos” tenidos por “vagos y malentretenidos”. Todos los sectores sociales de la Banda Orien­tal se sintieron acosados por las autoridades regentistas de Mon­tevideo. La declaración de guerra formulada por el recién llegado virrey Elío, a la Junta de Buenos Aires, el 13 de enero de 1811, precipitó los hechos de modo irreversible. Las condiciones para la explosión revolucionaria estaban dadas; faltaba sólo el elemen­to catalizador: un grupo de “patriotas” dio el “Grito de Asencio”, y el Capitán de Blandengues, José Artigas —cuyo nombre figura­ba entre los indicados por el Plan de Mariano Moreno para “pre­cipitar la revolución en la otra Banda”—, abandonaba la guarnición de Colonia y ofrecía en Buenos Aires su servicios a la Junta.
En abril, de 1811, burlando el bloqueo, regresaba Artigas a la Banda Oriental y arengaba “a sus leales y esforzados compatrio­tas” incitándolos desde Mercedes a la rebelión. Quebrado el prin­cipio de autoridad afloraron con mayor vigor los problemas irresueltos. Grupos de hacendados adhirieron al movimiento en defensa de sus intereses lesionados por la drástica merma de ex­portación de cueros impuesta por el monopolio montevideano. El gaucho, el patrón, el esclavo alzado, que vivían permanente­mente perseguidos por las partidas, se plegaron a la revuelta, re­accionando contra los representantes del Rey. Rápidamente entre abril y el 18 de mayo, las “fuerzas insurgentes” ya en las puertas de Montevideo, reforzados con doscientos veteranos del ejército de Belgrano —que se había tenido que retirar del Paraguay— y “con mil compatriotas armados, la mayoría con cuchillos enastados” vencían en los campos de Las Piedras a las tropas salidas de Montevideo y la plaza fuerte quedaba sitiada. En menos de tres meses la Banda Oriental había sido conquistada para la Revolución. El Virrey Elío tuvo que convencerse de que no eran “cuatro gauchos alzados” y que necesitaba un ejército bien pertrechado para de­rrotarlos, comenzó los contactos con la corte portuguesa en Río de Janeiro, Buenos Aires no podría mantener abiertos dos frentes en Alto Perú y la Banda Oriental, sobre todo después del desastre de Castelli en Huaquí. Agosto, setiembre y octubre de 1811 fue­ron meses de inmenso trajín diplomático mientras avanzaba por el litoral atlántico el “ejercito pacificador” portugués con Diego de Souza para apoyar al gobierno colonial de Montevideo. Bue­nos Aires veía tambalear su Revolución iniciada en mayo de 1810, y el 7 de octubre de 1811 firmaba un acuerdo preliminar de Paz con Montevideo, entregándole la Banda Oriental.
De una plumada quedaban anulados los esfuerzos de nueve meses de lucha. La conmoción fue grande entre el vecindario orien­tal, traicionado —en su sentir— por los dirigentes de la revolución, que no vacilaban en sacrificar su territorio, respondiendo a impera­tivos de estrategia militar. El vecindario no aceptó el levantamiento del sitio y se reunió en Asamblea, donde proclamó a José Artigas “su General en Jefe”. [...] El ascendiente ganado en tres largos lustros como Blandengue de la Frontera, cuando alternó con la gente de buen y mal vivir, y el prestigio derivado de su condición de jefe militar de Las Piedras, le otorgaban ahora a José Artigas la máxima autoridad entre los suyos, autoridad que sólo declinaría ante la propia asamblea de los orientales, en el Congreso de abril de 1813, cuando el pueblo oriental hizo uso de su soberanía “por se­gunda vez”, y lo confirmó en su jefatura.

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