LIBERALISMO DESDE NAHUM
LIBERALISMO EN EL SIGLO XIX
El liberalismo es una
de las corrientes ideológicas típicas del siglo XIX. Es un producto de
la Ilustración y de la Revolución Francesa en sus inicios, cuando la
burguesía la dirigió; y es por lo tanto la bandera política de la
burguesía francesa y europea en su doble oposición a la monarquía
absoluta y a la democracia jacobina. Frente a los principios
absolutistas de la autoridad y la jerarquía, levantó las ideas, hijas de la revolución, de la libertad y de la igualdad.
Pero, si bien más tarde
y en algunos países como Inglaterra y Francia evolucionó hacia una
posición democrática, esencialmente no lo es. Como ideología típica de
la burguesía industrial y comercial de la Europa que recién se
industrializaba, temía a las masas, temía al pueblo al que creyó ver en
el poder, dirigido por los jacobinos, durante el Régimen del Terror en los años 1793 – 1794.
Para eludir ambos
peligros (el de la monarquía absoluta y el del gobierno democrático) y
para asegurarse el papel político predominante que aspiró a desempeñar
basándose en su hegemonía económica sobre la nación, la burguesía
liberal vio como régimen político ideal la monarquía constitucional
basada en el sufragio censitario. Como lo expresaba uno de los típicos
representantes de la época, Casimiro Périer:
“Si
no hay monarquía, el régimen deriva hacia la democracia, y entonces la
burguesía no es más la dueña. Sin embargo, es necesario que ella lo sea,
por razones de principio, y porque ella es la más capaz”.
Esta ideología liberal,
que puso el acento en las ideas de la libertad y de los derechos
naturales, es aplicada a los más variados campos de la actividad humana.
Hay, así, un liberalismo político, un liberalismo económico, social,
religioso, etc. Los dos
primeros fueron los que alcanzaron mayor desarrollo doctrinario y los
que más influyeron en las corrientes de ideas del siglo XIX.
Uno de los principales
objetivos de los liberales era el de salvaguardar los derechos
individuales; reclamaban el respeto de la libertad de expresión, la de
prensa, de reunión y de asociación, es decir, fundamentalmente, los
derechos políticos del hombre. Para conseguir esto, no
había otro camino que limitar la autoridad del soberano y del Estado. Y
para obtener ambas cosas, la vigencia de los derechos ciudadanos y la
limitación del poder estatal, era indispensable una Constitución.
Ella, según los liberales, sería la garantía de la aplicación de aquellos derechos y de la limitación de este poder.
El otro objetivo
fundamental a que apuntaban era la participación de la burguesía en la
administración del Estado y en la redacción de las leyes a través de
asambleas legislativas. Este objetivo derivaba del convencimiento
de que debía corresponderle a la burguesía un rol, principal en la vida
política del país, acorde con su papel predominante en la vida
económica. No podemos olvidar que el siglo XIX es el siglo del ascenso
de la burguesía, y que el liberalismo es su ideología.
Así, pues, los dos puntos principales de su programa, obtención de las libertades política y participación en la dirección del Estado, obtendrían satisfacción de lograrse la aprobación de una Constitución liberal. Por eso es que todos los movimientos liberales europeos de 1830 y 1848, la reclaman y centran en su obtención el triunfo de sus luchas.
Pero ya dijimos que en
esta primera mitad del siglo XIX por lo menos, el liberalismo no fue una
ideología democrática. La burguesía todavía estaba asustada por los que
llamaba “excesos” de la Revolución Francesa, protagonizados por las
masas populares, y veía con creciente desconfianza el aumento numérico
de una clase social que surgía debido a la introducción del maquinismo
en Europa: la clase obrera. Por lo tanto, si bien la burguesía liberal
pedía una Constitución, no pedía el sufragio universal, y era sobre esto
y no sobre aquélla en que habría de basarse la democracia política.
Había liberales
monárquico – constitucionales y monárquico-parlamentarios y ambos
sectores eran partidarios de un régimen electoral censatario, es decir,
basado en la riqueza (sólo aquellos que por poseer determinada cantidad
de bienes pagan ciertos impuestos, pueden votar y participar en la vida
política de la nación). De esta forma con esta ideología típica de la
burguesía se aseguraban la participación exclusiva en la política del
Estado.
Más adelante, sin
embargo, en la segunda mitad del siglo especialmente, y contra los
deseos de la burguesía, el liberalismo irá evolucionando lentamente
hacia la democracia, sobre todo en Inglaterra y Francia. Y ello ocurrirá
porque tanto las masas populares como el Estado empiezan a apropiarse, y
a aplicar, aquellos puntos del programa liberal que reclamaban los
derechos políticos para todos los ciudadanos.
Hacia la democracia política
La Segunda Revolución
Industrial, que se produce en la última mitad del siglo, provocó
grandes cambios en las sociedades europeas occidentales. Aumento de la
población; crecimiento de las ciudades; multiplicación de los problemas
urbanos tales como alojamiento, transporte, energía; nacimiento de los
sindicatos obreros; predominio de la industria en la vida económica del
país e importancia creciente de sus protagonistas, obreros e
industriales; extensión de las clases medias por la difusión de nuevas
técnicas y oficios, tales fueron algunos de los nuevos elementos que
modificaron la vida de la sociedad y la posición tradicional del Estado
frente a ella.
Las acuciantes
reclamaciones de los sectores obreros para mejorar sus condiciones de
vida y de trabajo, la necesidad que sentía el país de que la industria,
ahora convertida en el principal sector de la economía, no detuviera su
marcha, determinaron una variación del tradicional enfoque liberal
acerca de las funciones del estado.
Ganada así por
preocupaciones sociales, y decidida a defender la estructura social que
la beneficiaba, la clase gobernante, fundamentalmente la burguesía,
inició una serie de concesiones en el plano político y jurídico que, al
mismo tiempo que aplacaban las reivindicaciones más urgentes, le
permitían mantener el control del Estado.
Se produce lentamente,
incluso por sus antiguos defensores, un abandono de la tradicional
concepción liberal del estado “juez y gendarme”. En el último cuarto de
siglo el Estado se vio impulsado necesariamente a preocuparse de la
suerte de las clases menos favorecidas.
El Estado comenzó a
practicar lo que se llamó “fines secundarios” en tres sectores
principalmente: asistencia médica, servicios públicos y enseñanza. Pero
la complejidad creciente de la sociedad lo embarcó más tarde en
actividades comerciales, industriales, de transporte, etc. Hasta
configurar la imagen actual del Estado contemporáneo (por Ej. Democracia
política).
Los liberales se
democratizaron, algunos por temor, y otros por el maduro convencimiento
de que ya, sin el apoyo de los más amplios sectores de la sociedad, no
era posible gobernar.
Las vías para ese
proceso de democratización política fueron disímiles según los distintos
países. Pero, en general, podemos señalar las siguientes como las de
mayor importancia: implantación del sufragio universal, difusión del
sistema parlamentario[1] , extensión de la enseñanza, etc.
El progreso de la
industrialización, el afianzamiento y organización de la clase obrera,
la complejidad de las urbes modernas, la mayor sensibilidad social, el
ascenso de las masas, son otros tantos factores que explican la
extensión de la democracia política en la segunda mitad del siglo XIX.
EL LIBERALISMO ECONÓMICO
El liberalismo
económico es uno de los aspectos más importantes de la doctrina liberal,
a tal punto que casi se constituyó en una teoría independiente,
especialmente volcada al estudio de los fenómenos económicos.
Reconoce sus antecedentes principales en la obra del economista escocés Adam Smith
y de la escuela fisiocrática francesa, ambas del siglo XVIII. La
fisiocracia sostenía que el fenómeno económico era un fenómeno natural y
por lo tanto las leyes naturales de la economía debían desenvolverse
libremente, sin la mínima intervención del Estado. Acuñó la famosa frase
“laissez faire, laissez passer”, que resumía su posición favorable a la
más amplia iniciativa individual en el campo, sin trabas impositivas o
legales que estorbaran la actividad en ese terreno.
Coincidiendo con esas
premisas y ampliándolas, Adam Smith postulaba la libre iniciativa
individual impulsada por el afán de lucro, la libre competencia, que
regularía la producción y los precios, y el libre juego del mercado, que
se desarrollaría plenamente siempre que se respetaran esas leyes
naturales. Pone el acento especial (al igual que los fisiócratas) en la
libertad de la actividad económica del individuo y de la economía en
general.
“El liberalismo político y el económico son dos caras de una misma doctrina”.
Los economistas
liberales sostenían que una sociedad económica estaba integrada por
productores individuales que aportaban sus productos y los
intercambiaban con otros productores, compraban lo más barato posible y
vendían al mejor precio que pudieran obtener. Era la teoría del
intercambio de bienes en un mercado libremente competitivo en donde los
precios se fijaban por la propia situación del mercado, sin ninguna
intervención exterior. Cuando había demanda de un artículo, y por lo
tanto, los precios eran altos, la producción aumentaba porque, guiados
por su afán de lucro, los productores aprovechaban ese momento de auge.
Esto llevaba a un exceso de producción, o sea de oferta, lo que hacía
descender el precio del artículo ante su abundancia; los productores,
entonces, disminuían su fabricación hasta que su relativa escasez
obligaba a los consumidores a pagar más para conseguirlo. Nuevo aumento
de los precios, y nuevo incremento de la producción. Esas serían las
“leyes naturales” de un mecanismo perfecto que avanzaba, se frenaba y
regulaba solo, automáticamente, “naturalmente”. Esta libertad en la
economía producía una “armonía natural de intereses” y si el estado
interviniese estaría alterando dicha armonía. Por eso es que el Estado
debía limitarse solamente al orden interno y a la seguridad exterior,
este es el concepto típico del liberalismo económico (Estado juez y
gendarme). El Estado debía mantener las leyes, internas, castigar a
quién las viole, proteger las fronteras, pero no intervenir en absoluto
en la vida privada de los ciudadanos, uno de cuyos aspectos es la
actividad económica.
La doctrina del liberalismo económico se basaba en los siguientes principios:
· Ley natural. El
liberalismo entiende que la economía está regida por leyes naturales, y
en la medida en que esa economía se desarrolle libremente, sin trabas,
será una economía sana, natural, creadora de riquezas para todos los
ciudadanos.
· “Laissez faire, laissez passer. Retoman
la divisa de la fisiocracia, propugnando la abolición de impuestos,
reglamentaciones, monopolios y todo otro obstáculo jurídico o fiscal que
entorpezca aquel desarrollo.
· Anti – intervencionismo. De lo anterior se
deduce claramente que son enemigos de la intervención del Estado en la
economía, asignándole solamente el papel de guardián del orden.
· Libre empresa. Son
partidarios de la más completa libertad individual en el campo
económico, creyendo que cada productor es el que mejor sabe cuánto le
conviene producir y a qué precio le conviene vender. Su afán de lucro,
su deseo de ganar en los negocios, lo llevarían a la prosperidad, y
junto con él se enriquecería toda la sociedad, porque el progreso
colectivo está hecho de los progresos individuales.
· Libre comercio.
Aplicando estas ideas al comercio exterior, reclaman la abolición de
las aduanas y la entrada y salida libre de trabas de todas las
mercaderías. Sus principales defensores son los liberales ingleses
quienes, basados en la superioridad técnica que les daba el hecho de que
Inglaterra había sido la cuna de la Revolución Industrial, estaban en
condiciones de inundar sin competencia todos los mercados europeos con
sus productos manufacturados.
· Libre contrato. Tanto
el patrono como el obrero debían ponerse de acuerdo libremente sobre el
contrato de trabajo y salario. Partiendo del concepto de que todos los
hombres son iguales, los liberales consideraban que nadie más que esas
dos personas debían intervenir en esa transacción, y menos que nadie el
Estado. Pero si bien es cierto que obrero y patrono eran dos hombres
libres, no eran dos hombres iguales. El patrono tenía como respaldo su
capital (dinero, fábricas, máquinas), mientras que lo único que tenía el
obrero para vivir era la cesión de su fuerza de trabajo mediante un
salario. Salario que el patrón ofrecía y que él no podía negarse a
aceptar, porque detrás suyo había cientos de hombres en situaciones
similares de miseria, necesitados de trabajar y esperando una
oportunidad para hacerlo. No olvidemos que en la época existía
abundancia de mano de obra como consecuencia del éxodo rural.
· Libre asociación.
Los liberales exigían una completa libertad para que los comerciantes,
industriales y empresarios pudieran asociarse en entidades defensoras de
sus intereses económicos. En cambio se negaban a aceptar cualquier tipo
de asociación obrera aduciendo que entorpecería la continuidad de la
producción, y podría dar lugar a conflictos sociales y huelgas. En este
punto, abandonando su clásico anti-intervencionismo llegaron a pedir la
acción del estado para prohibir su existencia.
En resumen, el
liberalismo económico fue una teoría acorde con los intereses sociales y
económicos de la burguesía. Su aplicación le aseguraba una clara
hegemonía económica, como el liberalismo político se la proporcionaba en
el plano político.
En el siglo XIX la
burguesía pudo a la vez vencer el absolutismo político y encaramarse en
el poder estatal, contener la revolución del proletariado y
conservar su situación económica de predominio.